Vaivén en la orilla del mar


Todo se trata de ir y volver, como la ola, besando la arena con espuma efímera y luego regresando a donde se pertenece.  Así he andado en los últimos tiempos: salí de mi cuna en mi Caracas favorita, para quedarme más tiempo del previsto en Bogotá.

Pero hace más de un año, en esa profunda añoranza de la cercanía del mar, del murmullo de la brisa en las palmeras, del sol inclemente y de brillo perfecto, de la tranquilidad de un pueblo grande, regalé bufandas, chaquetas y botas, y me vine a vivir a la costa colombiana, a Santa Marta, la ciudad en pie más antigua de la Nueva Granada.

Por aquí entraron los españoles a buscar El Dorado, mezclándose con indígenas y esclavos africanos, dejándonos sabores que mezclan yuca, banano, caña, especias y frutos del mar, además de una arquitectura hermosa que en gran parte se ha ido desvaneciendo poco a poco frente al rugido del desdeñoso salitre.

Aquí en la ciudad que murió Simón Bolívar, descubro raíces, rincones de mis ancestros, el legado de ese maravilloso mix genético y cultural que tomó identidad propia manifestándose en forma de cumbia y cayeye.  Aquí hacen vida cuatro etnias autóctonas y una prestada, brillando entre mochilas, poporos, cacao, café, ocarinas y dioses de oro.

Así retomo autoktonus una vez más, entusiasmada, para compartir lo que me asombra de este pueblo hermoso que al pie de la Sierra Nevada le sonríe sin tapujos al océano. Hablaré sobre la selva, la nieve, la arena, el mar y la ciudad, también de sus alrededores.

Prepárense, porque tengo demasiado para contar…

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